2. LA CRISIS MUNDIAL:
Desde finales de la década de 1960-1969 el capitalismo mundial se encontraba en una grave crisis socioeconómica que empeoró en 1973 con la llamada "crisis del petróleo". Una crisis de acumulación que expresaba sintéticamente todas las crisis parciales y particulares que el imperialismo había acumulado a lo largo de los años, desde las estrictamente endógenas internas, estrictamente económicas, crisis cíclicas del sistema, hasta las crisis políticas y de orden impuestas por las luchas de clases, las luchas de liberación nacional, las luchas antipatriarcales, etc., sin olvidar las crisis especificas causadas por la interacción de ambos extremos como es, básicamente, el agotamiento del Estado keynesiano y del sistema de control taylor-fordista de la fuerza social de trabajo. Estas crisis diferentes pero interrelacionadas cada vez más por la propia naturaleza del capitalismo como totalidad concreta de relaciones sociales de producción y explotación, nos remiten, en última instancia, a los problemas crecientes de la acumulación del capital como efecto de la vigencia de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio.
Las crisis estructurales, históricas y realmente críticas, es decir, que cuestionan el futuro del sistema y abren una bifurcación, una alternativa de desarrollo revolucionario, esta crisis se produjo de forma impresionante entre 1968 cuando todas las contradicciones anteriores estallaron en múltiples luchas que recorrieron medio mundo, y comienzos de la década de 1981 cuando la contraofensiva capitalista llamada neoliberal, consiguió derrotar parcialmente al movimiento obrero internacional. Realmente, la crisis estrictamente económica no se ralentizó a escala general sino hasta comienzos de la década de 1991, cuando los EEUU sobre todo iniciaron un típico ciclo corto de recuperación facilitada por su poder mundial, pero el neoliberalismo sí había logrado derrotar relativamente al movimiento obrero en lo social y en lo político, y especialmente, había agudizado todas las crisis internas de la URSS, precipitándola al desastre. De este modo, aunque el contexto objetivo seguía presionando a la baja contra las condiciones de vida y trabajo en el ámbito mundial, la relativa derrota sociopolítica de la fuerza social de trabajo no permitió que la humanidad trabajadora se lanzase contra el capitalismo. Tenemos que extendernos en la explicación de varias cuestiones de este párrafo porque nos permiten comprender la superioridad del marxismo sobre las formas burguesas de interpretación de la realidad.
En primer lugar, hay que tener en cuenta la interacción de lo sociopolítico sobre lo económico. Por ejemplo, la docilidad de los sindicatos mayoritarios y el reformismo socialdemócrata y stalinista, dio un tiempo vital a la burguesía para preparar la estrategia de salida de la crisis que, entre otros instrumentos, tuvo en la Trilateral uno de sus más efectivos cuarteles generales. En segundo lugar, hay que tener en cuenta las presiones y "consejos" de la URSS a los partidos comunistas de dogma stalinista para supeditar las luchas en sus países a unos acuerdos con sus burguesías y/o con el imperialismo. En tercer lugar, la misma decisión independiente del capitalismo para imponer medidas anticrisis que aumentaban la fuerza y los beneficios de la clase dominante y, de otro lado, debilitaban y desunían a las clases trabajadoras, como el toyotismo y el posfordismo, la desregulación, la precariedad, la movilidad, etcétera. En cuarto lugar, sobre este suelo, el imperialismo relanzó una ofensiva general tras las derrotas en el Sudeste Asiático y Africa, buscando un abaratamiento de los productos energéticos y un desmantelamiento de las defensas político-económicas de los pueblos. En quinto lugar, los EEUU, con la ayuda de Gran Bretaña, lanzaron una ofensiva para recuperar su poder mundial anterior, con especial atención al ejército, a las NTC (Nuevas Tecnologías de la Comunicación) y a la financierización de la economía para absorber una creciente masa de capitales flotantes e improductivos, acelerando así las nuevas características externas del capitalismo, lo que luego sería denominado como globalización. En sexto lugar, y último, simultáneamente se lanzó una ofensiva ideológica destinada a fortalecer el individualismo burgués más reaccionario, el machismo más sexista y el racismo más fanático.
Producto de lo visto y de otras causas que no podemos analizar, se expandió el hambre y la explotación en el planeta; se agudizó la crisis ecológica; se hundió el llamado "socialismo real"; se lanzó el ataque a Irak, se endureció al extremo la desregulación mundial y la indefensión de los pueblos bajo las presiones del GATT-OMC y del FMI-BM, y ante la indiferencia de la ONU. Pero la lógica última de semejante involución histórica hay que buscarla en algo tan simple como la ciega necesidad del capitalismo para salir de la crisis histórica que arrastraba y que se materializaba en toda su crudeza en una crisis de acumulación. La dureza, amplitud, diversidad y totalidad de las medidas tomadas para salir de ella indica la gravedad con la que el imperialismo analizaba la situación mundial. Sin embargo, ahora, en este momento histórico, el capitalismo no pudo aplicar directa y sanguinariamente su método por excelencia para salir de la crisis. Tengamos en cuenta que en todas las crisis capitalistas anteriores similares en su gravedad, la burguesía había encontrado la solución mediante el expeditivo método de la guerra, en concreto de la guerra mundial. Sin entrar ahora al debate sobre si realmente la primera conflagración mundial fue la que enfrentó a las potencias europeas en la segunda mitad del siglo XVII, sí hay que certificar que la guerra ha sido la llave que ha permitido abrir fases históricas nuevas tras una anterior crisis de extrema gravedad. Sin embargo, a finales del siglo XX no existía la posibilidad de otra guerra a escala planetaria. ¿Por qué? Por cuatro razones básicas, además de otras secundarias.
Primera, porque al margen de la desaparición de la URSS, la nueva Rusia seguía manteniendo el poder de destruir varias veces a los EEUU, lo que enfriaba mucho el espíritu belicista de los sectores yankis más expansionistas, que los había. Segunda, porque el movimiento obrero en los países centrales del capitalismo no estaba definitivamente derrotado y tampoco suficientemente embrutecido y alienado como para poderlo conducir al matadero. Tercera, porque el imperialismo mostraba una falta de disciplina interna bastante grande, mayor que la lograda en las crisis de comienzos y mediados del siglo XX, y cuarta, que ahora el enemigo de clase del imperialismo estaba esparcido por todo el planeta y no ubicado mayoritariamente en zonas muy concretas como en 1914 y 1940. No podemos analizar aquí los cuatro motivos, sino los dos que ahora son más importantes para mi objetivo en esta charla. Por un lado, la desaparición de la URSS y por otro lado, la relativa derrota del movimiento obrero.
Una interpretación superficial afirma que la URSS se hundió al no poder sostener la "nueva guerra mundial económica" lanzada por el imperialismo desde la llegada de Reagan a la Casa Blanca. Es la tesis de la segunda guerra fría como detonante de la quiebra económica y tecnológica de la URSS, incapaz de mantener los gigantescos gastos defensivos necesarios para responder, entre otras, a la famosa "guerra de las galaxias". Es una interpretación correcta pues la URSS se fue asfixiando y colapsando cada día más, pero no es una explicación teórica porque no llega al fondo del problema. Este no es otro que el hecho de que desde comienzos de la década de 1971, en la URSS se agudizaba la crisis sistémica que se arrastraba con altibajos desde mediados de los años veinte. Dicha crisis sistémica integraba cinco subcrisis parciales que al interrelacionarse más estrechamente aceleraban el caos sistémico. Por un lado, la crisis económica periódica al no solucionar el problema crucial de la mercantilización y de la progresiva extinción de la ley del valor; por otro lado, la desaparición de la democracia socialista y la aparición de un poder burocrático cada vez más corrupto; además, el aumento de las tensiones nacionales internas a la URSS al no resolverse la llamada "cuestión nacional"; también, la política internacional de la URSS, dirigida por y para esa burocracia, que le aisló progresivamente de las naciones, clases y masas oprimidas del planeta, y, por último y como síntesis, la profunda e imparable perdida de legitimidad del socialismo en la URSS junto a un aumento explosivo de los peores vicios burgueses.
La segunda guerra fría lanzada por el imperialismo desde finales de la década de 1971 añadió leña al fuego de la crisis sistémica formada por esas cinco subcrisis que se arrastraban desde hacia años. Toda la historia interna de la URSS desde sus primeros meses de existencia, cuando ya aparecieron embrionaria pero muy inquietantemente algunos de esos problemas estructurales, esta historia debe ser vista como los sucesivos esfuerzos –empezando por los del mismo Lenin-- prácticos y teóricos para resolverlos. Incluso algunos de esos problemas ya estaban enunciados teóricamente por debates marxistas muy anteriores a 1917, por ejemplo lo relacionado con la irreconciliabilidad entre la ley del valor-trabajo y el socialismo, y entre la democracia socialista de los consejos y soviets y la burocratización, la forma de resolver las secuelas de la opresión nacional, etc., y estos mismos problemas tal cual se materializaron tras 1917 y los restantes, fueron debatidos con extrema riqueza y creatividad teórica por las izquierdas revolucionarias dentro y fuera de la URSS hasta finales de los años veinte, momento en el que la burocracia ya férreamente establecida segó de raíz toda posibilidad de enriquecimiento del marxismo.
Desde luego que las presiones y agresiones imperialistas junto a las derrotas revolucionarias en Europa, así como el atraso campesino de la URSS, condicionaron externa e internamente este desenlace, posteriormente agudizado por la invasión nazi-fascita y la primera guerra fría iniciada inmediatamente en 1945. Pero el método marxista exige analizar el impacto de los condicionantes negativos externos en función de las crisis internas, endógenas, que son las decisivas al fin y a la postre, y no a la inversa. Si precisamente la URSS pudo resistir tanto tiempo pese a la feroz agresión imperialista, fue gracias a la fuerza decreciente pero todavía activa de sus iniciales y grandiosos logros revolucionarios internos, y cuando estos se agotaron, se apagaron, ya no hubo capacidad artificial alguna para seguir resistiendo al imperialismo. Peor aun, fue la misma burocracia la que desde mediados de los años ochenta, que no antes, aceleró sus esfuerzos para convertirse en clase burguesa cuando anteriormente solo era una casta burocrática.
Existe también una relación más estrecha de lo que creemos entre el declive y el desprestigio creciente de la URSS dentro del movimiento obrero europeo e internacional, y la capacidad de la burguesía para resolver relativamente la crisis estructural. Además de otras causas, la fuerza de la socialdemocracia también se explica por la astucia de la burguesía para aprovechar en su beneficio el deterioro interno de la URSS, cosa que comprendieron los eurocomunismos en su momento. Es verdad que la existencia de la URSS también garantizaba una referencia y un ideal práctico que facilitaba las presiones obreras, pero esa referencia fue apagándose hasta desaparecer. Pero el movimiento obrero no desapareció con la URSS pese a los golpes que venia sufriendo a manos de la burguesía.
Si bien desde mediados de los años 80 la capacidad de lucha fue claramente inferior a la de las décadas anteriores, y si bien en la primera mitad de la década de 1991 fue de una pasividad defensiva desalentadora, no es menos cierto que, por un lado, desde aproximadamente 1995 comenzó una lenta pero sostenida recuperación de las movilizaciones; por otro lado, esta nueva fase pese a nacer con un desconcierto enorme frente a problemas graves como el precariado, el pobretariado, la flexibilizaron, etc., pese a ello, ha ido avanzando práctica y teóricamente hasta la situación actual que, comparada con la de hace cinco lustros, tienen claros signos de avance y de capacidad de conocer el capitalismo en su forma actual, y, por último, tal recuperación innegable ha frenado la euforia arrasadora de muchas burguesías obligándoles a atenuar sus planes iniciales consistentes en un destrucción total de las conquistas sociales. Incluso aunque una degeneración procapitalista tan bochornosa como la llamada "tercera vía" consiguió al principio alguna credibilidad en las masas trabajadoras, ahora ya no es tan efectiva.
Me explico para que no se interprete mal lo que estoy diciendo. No afirmo que la revolución socialista está a la vuelta de la esquina, ni mucho menos. Solamente afirmo que el movimiento obrero que llegó en una situación de fuerza considerable a la crisis de 1968-1973, siendo su lucha una de las detonantes de esa crisis y desde luego una de las causas de su larga duración, este movimiento obrero no ha sido estratégica ni totalmente derrotado como lo fue en otras crisis similares, y como era la voluntad decidida de la clase dominante capitalista. Esta afirmación puede parecer excesivamente optimista y hasta irreal, pero personalmente aconsejo al publico que no piense en base a las versiones de la prensa burguesa sino utilizando las categorías marxistas que, entre otras cosas, muestran cómo pese a que ha habido un aumento de las ganancias burguesas y un retroceso de las condiciones de vida del proletariado, pese a ser cierto esto, no se puede hablar de una derrota absoluta y prolongada, y menos definitiva, de la población trabajadora.
Es muy importante precisar las diferencias entre retroceso severo e incluso derrotas tácticas y derrota estratégica. Las primeras corresponden a batallas parciales y secundarias, y afectan a porciones más o menos amplias de las masas pero no a su totalidad, y si bien una continuada serie de fracasos debilita la combatividad general, ésta puede ser recuperada si cambian determinadas circunstancias. Las luchas de clases, y sobre todo las luchas de liberación nacional y de sexo-genero se caracterizan por estos altibajos evolutivos, con sus retrocesos pero también con sus avances. Por el contrario, la derrota estratégica hace retroceder súbitamente al movimiento obrero en su totalidad, a toda la lucha nacional y de género a condiciones anteriores cualitativamente peores que las que había conquistado, manteniéndolo en la postración derrotista e indefensa durante mucho tiempo y permitiendo a la clase dominante, a la nación opresora y al patriarcado aplicar las medidas que se le antojen sin ninguna resistencia. Cuesta mucho más salir de una derrota estratégica e iniciar una nueva oleada de luchas que de una táctica.
Evaluar correctamente esta diferencia es importante para poder hacer un análisis correcto del estado de las contradicciones capitalistas. Análisis destinado a elaborar una estrategia acertada y no errónea. Según la propaganda burguesa no solamente estaríamos ante la derrota definitiva de la fuerza social de trabajo sino más todavía, estaríamos ante la definitiva desaparición del proletariado como clase social opuesta irreconciliablemente a la clase burguesa. Las tesis de la "sociedad postindustrial", "desaparición del trabajo", "nueva economía", "economía de la inteligencia" y "economía informacional", por citar algunas, dicen esto, y las burguesas y reformistas sobre la globalización, también. También nos encontraríamos ante la aparición de "múltiples sujetos sociales" incomunicados entre ellos al no existir ya una realidad de explotación que recorre la sociedad capitalista de abajo arriba. Cada colectivo aislado debe luchar por su cuenta, pero como tampoco existe una cohesión explotadora última y definitiva, incluso esos colectivos tienden a disolverse en sus sujetos individuales. Llegamos así a la originaria interpretación individualista burguesa de los siglos XVII-XVIII, en la que no existen las clases sociales y por tanto tampoco la explotación humana.
Sin embargo, la realidad es tozuda y basta estudiarla con un poco de seriedad para demostrar lo infundado de la propaganda capitalista. Que la clase trabajadora no ha sido derrotada se confirma no solo por la permanencia de la lucha de clases, sino además por el hecho de que todos los ataques de desvertebración del Trabajo mediante la proliferación de escalas, movilidad, multicontratación, subcontratación, flexibilidad, descentralización productiva, etc., no han conseguido el objetivo buscado de suplir a los efectos destructores de una guerra. Hay que tener en cuenta que a falta de una guerra y/o de varias dictaduras que debilitasen estructuralmente a las clases oprimidas y que facilitasen al Capital un endurecimiento brutal de las condiciones de explotación, a falta de estas soluciones clásicas y atroces pero tan eficaces, la burguesía internacional ha optado desde finales de los años ’70 por un inmisericorde ataque a las condiciones de vida y trabajo de las clases oprimidas. Otro ejemplo del fracaso de la ofensiva lo tenemos en el ataque a buena parte de las libertades legalmente admitidas por la democracia burguesa, que son practicadas especialmente por las fracciones más explotadas del Trabajo y por las más organizadas, desde los colectivos revolucionarios hasta los pueblos en lucha por su emancipación pasando por los sistemas de defensa de la fuerza de trabajo inmigrante. No nos engañemos, ya antes de Schengen, que no solamente después del 11 de septiembre del 2001, el capitalismo europeo y mundial se dirigía a toda velocidad hacia un sistema de control social generalizado, de control flexible de las poblaciones, de represiones múltiples adecuadas a las nuevas condiciones de vida, resistencia y recomposición de la lucha del Trabajo.
Para terminar, otra de las demostraciones del fracaso capitalista en derrotar estratégicamente al Trabajo, lo tenemos en el impulso dado al fortalecimiento de los tres bloques imperialistas mundiales. Ya que no ha habido una guerra mundial que reordenase la nueva jerarquía mundial imperialista, cada bloque imperialista ha procedido a, primero, reordenarse internamente, y segundo, empezar a delimitar sus áreas de influencia frente a los otros dos bloques. El proceso de la Unión Europea debe verse desde esa perspectiva, o sea, como la cuarta reordenación de la jerarquía imperialista dentro de Europa, aunque sin guerras como en 1648, 1815 y 1945. Cada reordenación ha supuesto además de una nueva burguesía dominante --excepto la excepción de la URSS en 1945 compensada por la victoria de los EEUU-- también y sobre todo una derrota del movimiento obrero y la apertura de una nueva fase histórica del capitalismo europeo. La reordenación actual tiene como objetivos elementales asegurar la hegemonía de Alemania en el continente y derrotar a la fuerza de trabajo europea sin tener que recurrir a dictaduras y a guerras como en los años ’30. La reordenación europea en curso tiene que ser así, a la fuerza, un recorte sistemático de las libertades y derechos del Trabajo en todas sus formas de acción, desde las mujeres hasta las clases trabajadoras pasando por las naciones oprimidas. La propaganda sobre le emigración, la delincuencia social, el llamado "terrorismo", las luchas sociales "incontroladas", etc., va destinada a justificar el diluvio de restricciones de las libertades y derechos del Trabajo y el aumento de los derechos y de las libertades del Capital.
Nada de este proceso de crisis capitalista es comprensible si no usamos las categorías marxistas, que nos explican que todo el comportamiento capitalista en estos últimos veinticinco años se resume en algo muy simple y muy brutal como es aumentar la tasa de beneficio en el centro imperialista a costa de la humanidad entera, también de las clases oprimidas de y en ese centro. Incrementar la tasa de beneficio exige, entre otras cosas, aumentar la tasa de explotación y la plusvalía. Cualquier otra explicación de este cuarto de siglo que olvide o niegue esta base previa, marxista, deja de ser una explicación y se degrada hasta quedar en una interpretación interesada. ¿Interesada para quien? Para el Capital.